El día que tome la decisión de abandonar la religión en la cual había estado por 20 años, fue extremadamente difícil. El miedo inundó mi vida, el miedo no me dejaba dormir, no me dejaba analizar, solo me paralizó y casi paralizó mi corazón, cuando me dio una arritmia cardíaca de tanto estrés de tanto temor. Fue en ese momento en que hablé de manera sincera con Dios, con mi Dios, mi amigo mi ser especial, mi Dios de amor, de comprensión y de compasión, ese Dios me escuchó me ayudó a superar esos miedos y esos temores que solo una religión perversa puede provocar en uno.